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mano5chi
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Acerca de:Tron: Legacy [Joseph Kosinski]
Ventajas:El desarrollo de la actitud actual de Kevin Flynn
Desventajas:Se trata de la típica película con espectaculares efectos especiales y poco más
La primera vez que oí hablar de Tron, película de ciencia ficción estrenada en 1982, fue hace tan sólo unos meses, en el momento en que el cartel de esta secuela, Tron Legacy, comenzaba a publicitarse en el vestíbulo de ciertos cines bajo el epígrafe de “próximamente”.
De manera que podéis imaginar mi sorpresa cuando, ante la visión del mencionado cartel, un amigo se echó las manos a la cabeza mientras manifestaba no poder esperar al estreno de tan esperada segunda parte.
De acuerdo, os concedo que la reacción del chico no fue demasiado transgresora, pero bastó para picar mi curiosidad. Sin embargo, debido principalmente a que nunca desarrollé la costumbre de hacer los deberes nada más regresar del colegio, esperé un poquito hasta hacerme con la película original y enterarme del porqué de tanto alboroto. Bueno, y quien dice un poquito dice que terminé viendo ambas películas en una sola tarde, lo cual, no obstante, tiene la indudable ventaja de poder distinguir más allá de toda duda qué planos y secuencias de Tron Legacy están colocados como homenaje a una cinta que, más allá de su enorme fracaso comercial, con el paso del tiempo se ha transformado en un producto de culto.
Un culto basado, a mi modo de ver, en una mezcla de nostalgia y agradecimiento al enorme esfuerzo vertido para crear una obra visual sin precedentes para su época. Veréis, tomada como un todo, Tron no difería demasiado de otras películas familiares de la factoría Disney que se producían más o menos por la misma época, como podían ser Herbie y sus secuelas o Fuga de Noche.
Todas ellas adolecían de un marcado maniqueísmo, desarrollo simplón, personajes graciosillos y final feliz. No obstante, Tron poseía un toque de originalidad que estribaba en que el villano principal de la historia era una aplicación informática de inteligencia artificial (Control Central de Programas) que comenzaba a sobrepasar en cualidades a su creador (Edward Dillinger) y pretendía utilizarle para extender el despótico dominio que ya poseía sobre el resto de programas informáticos al mundo real de la empresa donde operaba (corporación ENCOM).
Así, parte de la acción se desarrollaba en un mundo informático virtual donde Tron, un programa especialmente fuerte que daba nombre al largometraje, podía luchar de igual a igual con el Control Central de Programas, teniendo también a su disposición la ayuda de un hacker (Kevin Flynn) que acababa transportado a ese mundo merced a una tecnología imposible.
Naturalmente, ese mundo virtual era la excusa perfecta para mostrar en pantalla las más modernas imágenes que una computadora podía crear y, en general, para desarrollar una estética tecnológica que quedó grabada a fuego en las mentes de todos los que vieron la película durante su infancia o comienzo de la adolescencia. Una estética que se alimentaba sin pudor del universo de los arcades de la época (incluso la misma película fue la base de un videojuego homónimo la mar de popular).
De este modo, Kevin Flynn, el personaje interpretado por Jeff Bridges, era un experto programador de videojuegos que regentaba unos recreativos, y la estrategia que el Control Central de Programas utilizaba para castigar a los programas rebeldes era obligarlos a participar en una especie de juegos de circo romano ultramodernos para que se aniquilasen los unos a los otros.

Teniendo en cuenta este precedente, lo primero que llama la atención de Tron Legacy es su tono indiscutiblemente oscuro, salpicado de abundantes elementos épicos. El mundo informático que se nos muestra en esta segunda película ya no es aquella sucesión de candorosas pantallas de videojuego por las que los protagonistas campaban con más o menos dificultades, pero siempre con una réplica chulesca e ingeniosa en los labios.
Aquí, por primera vez, nos creemos que los combates en ese circo electrónico son realmente enfrentamientos a muerte. Sentimos en nuestros huesos la pura maldad del antagonista principal cada vez que aparece en pantalla. Maldecimos profundamente la crueldad histriónica del secundario Castor. Y, ¿por qué no decirlo?, experimentamos cierto placer sexual ante la visión del cuarteto de mujeres que entregan al protagonista su disco de datos al ingresar en el mundo virtual o ante la estampa de Quorra, personaje femenino interpretado por Olivia Wilde, tirada en un sofá en pose casual.
En suma, estamos ante un film de relieve mucho más adulto que su predecesor. Y es así sencillamente porque busca el beneplácito del público que asistió a la proyección de Tron teniendo 12 ó 13 años (por tanto, ahora mismo rondará los 40) y, al mismo tiempo, pretende acercarse a los adolescentes de hoy en día. Y a ellos sí que no puedes andarles con chiquilladas.

Sin embargo, bajo toda esta oscuridad, bajo esta envoltura adulta, hallamos un argumento tan sencillo y maniqueo como el del film inaugural.
La película arranca presentándonos al personaje de Sam Flynn, hijo de Kevin Flynn, un joven de veintisiete años con grandes conocimientos informáticos que se encuentra afligido desde que su padre decidió internarse en el mundo virtual conocido como La Red veinte años atrás para no regresar nunca. En parte por vengarse del padre ausente y en parte por luchar contra una política de empresa monopolista, el joven Flynn suele perpetrar pequeños actos de vandalismo contra la corporación ENCOM (dominada por Edward Dillinger Jr), de la que él mismo es accionista mayoritario.
Cierto día, Alan Bradley, miembro del consejo de administración de ENCOM y mejor amigo del padre de Sam Flynn, confiesa a éste haber recibido un mensaje de Kevin proveniente de los recreativos que solía regentar en su juventud. Movido por la curiosidad, Sam va a investigar al local…sólo para penetrar accidentalmente en La Red de un modo muy parecido al que utilizó su padre para internarse en este mundo dos décadas antes.
Una vez allí, Sam Flynn se da cuenta de la verdad: Kevin Flynn no lo ha abandonado voluntariamente, sino que se encuentra prisionero en La Red. Y su captor no es otro que Clu, un programa informático que él mismo creó para ayudar a gestionar ese espacio virtual, pero que ha ganado tanta fuerza y control sobre el entorno que ha logrado imponerse a su creador.
Juntos, Sam y Kevin, con la ayuda de Quorra, un programa afín a sus intereses, lucharán por impedir que Clu prosiga con su tiranía sobre el resto de programas de La Red.

A pesar de que este planteamiento nos remite a la tan gastada lucha del bien contra el mal, el argumento de Tron Legacy deja espacio para un par de consideraciones interesantes.
En primer lugar, es de agradecer que el personaje de Kevin Flynn evolucione de un film a otro. En Tron conocíamos a un mozalbete disoluto e irónico cuya máxima aspiración en la vida era desarrollar videojuegos y jugar con ellos hasta convertirse en un experto, mientras que aquí nos topamos con un hombre maduro que pretende dejar un legado positivo al mundo a través de su labor con los ordenadores. Tal vez este cambio radical no satisfaga del todo a los fans más acérrimos del film original, pero a mí se me antoja una característica básica que debiera ser indispensable en cualquier secuela: ofrecer algo nuevo al espectador mediante la extensión lógica de las premisas primordiales de la obra fundacional.
Y, en el fondo, la actitud de Kevin Flynn refleja el cambio en el modo de pensar en los medios informáticos a lo largo de los últimos treinta años. En los albores del desarrollo de esta moderna técnica, incluso los expertos en la materia se sentían como niños con un juguete nuevo, por lo que no es de extrañar que la vertiente lúdica destacara en la percepción del gran público como un farallón en la costa. Pero a medida que fueron pasando los años, más o menos todo el mundo fue percatándose de que aquello de los ordenadores servía para mucho más que para matar marcianos. De hecho, puede servir, como cualquier otra herramienta humana, para cambiar el mundo.
También considero positivo que el film eche mano de un concepto informático de vanguardia, los algoritmos genéticos, para poner de manifiesto de qué modo la ciencia computacional puede ayudarnos a encontrar soluciones que de otra manera podríamos no encontrar (por más que esta utilización peque de fantasiosa), ya que este aspecto entronca con toda la jerga informática que salpimentaba el Tron original (de manera un tanto gratuita) para enfatizar el tono ultramoderno de la película.
Por último, retomando la extensión lógica de premisas a que aludía más arriba, me satisface intelectualmente que Clu, el villano de la historia, haya podido finalmente dominar a su creador y haya encontrado el modo de ingresar a nuestro mundo para seguir con su maligno plan. Si la primera película era pionera en poner sobre la mesa el temor del hombre a ser superado por sus máquinas y veíamos cómo un ser humano podía ser transportado al interior de un sistema informático, estos dos incidentes argumentales de Tron Legacy crean los vínculos necesarios entre una obra artística y su secuela y, al mismo, tiempo, siguen de manera acertada la línea de pensamiento marcada.

Claro que, con independencia del interés de estas disquisiciones, no se puede negar que Tron Legacy sea una película un tanto irregular en lo que a ritmo se refiere. Una vez sabemos quiénes son los buenos, quiénes los malos y las necesidades dramáticas de unos y otros (¿hace falta que diga cuál de los dos grupos logrará cumplirlas?), el aburrimiento comienza a hacer mella en el espectador. Particularmente a mí me sucedió en torno al ecuador del film, en el momento en que los protagonistas llegan al club nocturno de Castor. De pronto, me sentí cansado de tanta espectacularidad visual sin una historia sólida que la sustentara. Y no fue hasta después de que los protagonistas terminaran su travesía en la nave solar que me empezó a picar de nuevo la curiosidad por conocer el final de la historia, aunque, como sucede tantas otras veces, el desenlace se me hizo de lo más previsible.
Para intentar aliviar esta vaga monotonía que, poco a poco va adueñándose de la mente de cualquier espectador, la película juega, principalmente, con tres elementos: en primer lugar, la vistosidad de los efectos especiales, lo que, en definitiva, supone el punto más fuerte de la cinta. Pero más que los efectos visuales por sí mismos, que, como acabo de decir, terminan por aburrir si la propuesta se percibe hueca, lo verdaderamente interesante es contemplar la puesta al día de escenas míticas de la película anterior. A lo largo de Tron Legacy veremos que Sam se cuela en la corporación ENCOM comentando lo grande que es la puerta. Asistiremos a espectaculares peleas de discos y carreras de motocicletas de luz. Veremos unos reconocedores (esas curiosas naves con forma de puerta) verdaderamente imponentes. Presenciaremos una travesía en nave solar. Nuestros héroes serán perseguidos por destructivos tanques y, como una especie de bonus track, a unos veinte minutos del final, contemplaremos atónitos unos aviones de combate que siguen el mismo principio de propulsión y ataque que las motocicletas de luz.
Cada vez que reconozcamos alguno de estos elementos como lo que son (homenajes al primer film), nuestro aburrimiento menguará un poco, haciendo que la experiencia de ver la película sea más llevadera.
En segundo lugar, siempre podemos agarrarnos a la brillantez de la banda sonora, a cargo de Daft Punk, en lo que muchos consideran uno de los mejores trabajos de este dúo francés. La partitura nunca pasa desapercibida, complementando perfectamente las imágenes en pantalla y contribuyendo decisivamente a subrayar el tono épico que mencionaba al comienzo del texto y la estética ciberpunk de la cinta. Incluso podremos contemplar a los músicos en un simpático cameo: son los disc-jockeys del club de Castor.
Por último, contamos con el aliciente de disfrutar de algunos momentos cómicos realmente afortunados. Sin caer en la socarronería continua que era parte fundamental de Tron, a lo largo del film escucharemos líneas de diálogo (generalmente a cargo de Jeff Bridges) que nos harán sonreír, por no mencionar la escena cómica más sobresaliente de la cinta: la estancia de los personajes principales en el club nocturno End of Line (erróneamente traducido como Línea de Meta; como veis, los encargados del doblaje han escamoteado una referencia fantástica a la cinta original), dirigido por Castor, personaje interpretado por Michael Sheen.
Este actor recrea una interpretación magistral, muy en la línea de Jim Carrey (aunque con alguna influencia de Charles Chaplin, sobre todo en el modo de caminar), que perdurará en la memoria del espectador durante largo tiempo.
En cuanto al resto de actores, digamos que hay poco que rascar. El protagonista, Garrett Hedlund (que da vida a Sam Flynn), cumple a nivel estético pero su registro aún es muy limitado. ¿Es cosa mía o su cara de “estoy enfadado con mi padre” es idéntica a su expresión “ese disco volador casi me arranca la cabeza” y muy parecida a “Quorra está de buen ver”?
Olivia Wilde es el típico objeto de bisutería delicado al que las escenas de acción le vienen grandes, aunque solventa muy bien el reto de interpretar a una mujer indudablemente atractiva pero sin llegar a ser sensual. Logra transmitir a la perfección el aura de inocencia y curiosidad que constituye la característica definitoria de su personaje.
Y Jeff Brigdes, por su parte, da una de cal y otra de arena, ya que tiene asignado un doble papel. Por un lado, está estupendo como Kevin Flynn, un hombre maduro y reposado que ha alcanzado la sabiduría y serenidad que dan los años, en un registro muy próximo a un maestro oriental de artes marciales. Por otro lado, Clu, el villano de la historia, le queda excesivamente plano, demasiado “malo-malísimo” como tomarlo en serio. Aunque quizá este acartonamiento se vea magnificado por el hecho de que su rostro haya sido rejuvenecido con medios digitales para interpretar este segundo personaje. No sé qué opináis vosotros, pero cada vez que Clu salía en pantalla, me venía a la cabeza Isabel Preysler en la portada de la revista ¡Hola!, con la consiguiente carcajada y la dificultad para volver a entrar en la historia que intentaban contarme.

No obstante, ninguno de los defectos de la cinta que ya he mencionado (desarrollo argumental previsible, problemas de ritmo, exceso de pirotecnia, villano de cartón-piedra) consiguió irritarme tanto como la falta de ambición por parte de los responsables del film a la hora de crear una propuesta genuinamente original. Me explico. Cualquier producto cultural nace en un momento histórico concreto y, por tanto, recoge influencias de trabajos anteriores. Si estamos hablando de una obra fílmica, hacer patentes esas referencias es muy positivo ya que los espectadores suelen sentirse recompensados al captar las relaciones existentes entre la película que está contemplando y otras vistas con anterioridad. Pero si permitimos que nuestras influencias nos dominen, ya no estamos creando una obra novedosa, sino un triste plagio.
Esto es lo que sucede con Tron Legacy. Toda la satisfacción que uno pueda sentir al descubrir planos que homenajean al film fundacional, al comprender que Kevin Flynn pronuncia la frase que constituye el leit-motiv de Juegos de Guerra, al considerar que el paseo en moto final de Quorra y Sam no podría existir sin Blade Runner o, incluso, al advertir cierto regustillo al universo Star Wars a lo largo de todo el metraje, se esfuma cuando caemos en la cuenta de que, definitivamente, se les fue la mano con Matrix.
Al principio se trata de pequeños detalles. Algunos momentos a cámara lenta en medio de las escenas de acción, la pose zen de Kevin Flynn, las máquinas (los programas informáticos) superando a los humanos…pero a medida que avanza la película, la influencia de la saga de los Wachowski se lo come todo, de tal manera que en el tramo final del film vemos a Jeff Bridges ataviado con un abrigo largo y luchando al más puro estilo Neo (o Morfeo), planos cenitales de saltos que cubren distancias imposibles de cubrir, capacidades ocultas para crear campos de fuerza e, incluso, la relación de Ying y Yang que se establecía entre el personaje interpretado por Keanu Reeves y el agente Smith. Todo bien empaquetado y listo para consumir.

Ni siquiera la vertiente temática contribuye a desmarcar a Tron Legacy como un film de ciencia ficción demasiado original, ya que hallamos las típicas referencias bíblicas del género, a través de un simple reflejo de la parábola del hijo pródigo (en este caso, los dos hijos serían Sam y Clu) con un padre misericordioso que está dispuesto incluso a sacrificarse para que su legado se extienda por el mundo. Ni más, ni menos.

En resumidas cuentas, podría considerarse que Tron Legacy es una digna secuela de Tron, en el sentido de que se trata de una propuesta extraordinaria a nivel visual y sonoro, pero un tanto coja en cuanto al argumento, ritmo y tensión.
Definitivamente le sobra la influencia de Matrix y, más allá de los convencionales temas que aborda, quizá lo más interesante sea la construcción del personaje de Kevin Flynn, sobre todo en comparación con lo que ya sabíamos de él a través de la primera cinta.
Huelga decir que, desconectada de su antecesora, Tron Legacy es una película del montón. Ideal para ver en compañía de nuestros amigos con un cubo de palomitas y sin tener que prestar mucha atención para entenderla pero que, sin duda, poca gente desearía ver más de una vez.
Fecha:16:01:16 02/01/11
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Categorías:Ocio y cultura