Acerca de:Zigzag [José Carlos Somoza]
Ventajas:el original planteamiento y la profundidad temática
Desventajas:la escasa complejidad de los personajes
A veces es curiosa la manera en que se obtiene la primera noticia de un escritor que, posteriormente, se convertirá en uno de tus autores preferidos. Recuerdo que la primera vez que entré en contacto con el nombre de Terry Pratchett fue en las páginas de una vieja revista de videojuegos donde analizaban la adaptación a este medio de las famosas novelas del Mundodisco.
Algo parecido me sucedió con José Carlos Somoza. La primera reseña de una obra suya que leí, aparecía escrita en un periódico gratuito de esos que reparten a la puerta de la estación de tren. Recomendaban La Dama Número Trece, por tratarse de una novela de terror y estar próxima la celebración de la noche de Halloween.
Siempre he sido bastante aficionado a los libros de miedito, como dice un amigo mío, de modo que seguí el consejo. Y aunque la citada novela no me pareció ni mucho menos perfecta, me animó a seguir conociendo las obras de esta rara avis dentro del panorama de las letras españolas.
Digo rara avis porque se trata de un escritor que cultiva el thriller (a la manera de escritores americanos como Michael Crichton, Robert Ludlum o Dean Koontz) sin complejos; utiliza para cada una de sus obras premisas argumentales bien diferentes y originales; y toca géneros considerados tradicionalmente menores como el terror o la ciencia ficción. Huelga decir que desarrolla esta labor con una claridad expositiva, destreza y calidad remarcables.
La última novela suya que he tenido el placer de leer lleva por título Zig Zag y, sin más preámbulos, me gustaría comenzar mi opinión sobre ella por donde creo que es de justicia hacerlo: su intrigante argumento.

Elisa Robledo es una brillante profesora de física teórica que desarrolla su labor docente en la ficticia Universidad Alighieri de Madrid. Cierto día, mientras está dando clase, vislumbra en el periódico la noticia de un asesinato que destruirá todo su mundo.
Presa de un terror inconcebible, Elisa se dirige a casa a toda velocidad, pues sabe que la noticia no es sino el preludio de una misteriosa reunión que tendrá lugar a medianoche y que se anunciará mediante una llamada telefónica.
Una vez recibida la llamada, Elisa decide recurrir a Víctor Lopera, compañero de departamento, para que la acompañe a la reunión. De camino, le confía el origen de su miedo: un curso de verano impartido 10 años atrás por David Blanes, el mejor físico español de la historia, brindó a Elisa la posibilidad de trabajar junto con este preclaro científico en un proyecto cuya meta era contemplar el pasado remoto de la humanidad, desde glaciaciones a la vida de Jesús de Nazaret pasando por el estudio de la vida de los dinosaurios y quién sabe qué otras maravillas…
…pero algo no salió como debía y los científicos crearon a Zig Zag, una violenta criatura de tintes casi sobrenaturales cuyo único impulso es matar y que se cebará con todos los involucrados en esos experimentos a menos que den con la clave que permita derrotar al monstruo de una vez por todas.

A pesar de lo atractiva que pueda parecer esta sinopsis, el gran reto durante la elaboración de la novela debió de consistir en encontrar la manera de insuflar tensión y suspense a la historia de manera continuada; en tratar de evitar los altibajos que suelen caracterizar a muchos otros libros ensalzados apresuradamente por un enjambre de publicistas como obras maestras de la acción.
En este caso, la dificultad estriba en la decisión del autor de utilizar un par de flashbacks para ordenar el contenido narrativo de la novela desde la página 60 hasta la página 393 (de las 565 que componen la edición en bolsillo que tengo en mi poder). De todos es sabido la mala fama que posee el flashback como recurso narrativo debido, precisamente, a las caídas de tensión que suele provocar.
Sin embargo, José Carlos Somoza consigue salir airoso de este desafío echando mano de un oficio que denota madurez en la profesión.

La novela posee un comienzo trepidante: Elisa ve la noticia del periódico, va a su casa, recibe la llamada que esperaba y se pone en contacto con Víctor Lopera para que la lleve en coche hasta el punto de reunión. Durante estas primeras páginas se presenta brevemente a los dos personajes mencionados y se crea en el lector la necesidad de saber qué puede provocar en la joven Elisa ese pavor sobrehumano que la embarga, obligándole a continuar con la lectura.
Entonces irrumpe el primer (y larguísimo) flashback, situado diez años antes de la línea narrativa principal, que nos sumerge en el ambiente estudiantil de un curso de verano sobre física de partículas, con la admirable figura de David Blanes de fondo.
Como no podía ser de otro modo, durante este segmento se exponen la mayoría de conceptos físicos que emplea el autor para desarrollar su trama de misterio. Se nos habla de la teoría de cuerdas, de la relatividad general einsteniana, y de algunos aspectos restringidos de la mecánica cuántica de Planck. En lo personal, estas cuestiones relacionadas con la física moderna siempre me resultado tremendamente interesantes, máxime si están expuestas con la transparencia y sencillez con que lo hace el señor Somoza. Pero si vuestros intereses por estos temas no coinciden con los míos no debéis preocuparos, ya que la primera parte del flashback aparece aderezada con una subtrama de espionaje por parte de unos siniestros individuos de ominosas intenciones, además de abundar en la relación que establece Elisa con el personaje más atrayente de la novela: el arrogante y cruel Ricardo Valente Sharpe.

Durante la segunda parte del flashback se describe el proyecto en el que Elisa tendrá la oportunidad de participar. Naturalmente, los procesos físicos aquí explicados pertenecen enteramente al campo de la ciencia ficción, aunque es de agradecer que, al menos para el lector no iniciado en ciencias duras, resulten lógicamente impecables.
También se aprovecha la ocasión para presentar a los demás miembros del equipo de investigación, revelando así el que quizá sea el mayor defecto de la novela: la escasa profundidad de la mayoría de personajes que intervienen en el relato. De todos los que conoceremos, tan sólo Elisa Robledo (por ser la protagonista), Ricardo Valente, Víctor Lopera y el italiano Sergio Marini permanecerán en nuestra memoria.
El resto conforman una masa de descripciones físicas más o menos exóticas con caracteres anodinos por igual. Quizá la cualidad coral de este segmento de la novela contribuya en cierta medida a esta indiferenciación, aunque prefiero situar la responsabilidad en la escasa voluntad del autor por crear personajes algo más profundos y complejos. Una lástima.
Claro que, en lo tocante al interés, el libro sigue con pulso firme, mediante la acertada descripción de la atmósfera de pasión y agotamiento que debe de rodear todo descubrimiento científico. En este clima, el autor introduce progresivamente (a menudo mediante breves flashforwards al inicio de algunos capítulos) unas gotas de misterio y hasta de puro terror, que cristalizan hacia el final del flashback en una explosión de violencia que da sentido a la desmesurada reacción de Elisa Robledo al comienzo del libro.

Tras unas pocas páginas de transición, Somoza nos mete de lleno en el segundo flashback de la novela, narrando los sucesos acaecidos cuatro años antes del momento de la reunión.
Los fans de las novelas de terror deberían de estar de enhorabuena, ya que durante este tramo se profundiza en la terrible amenaza que hace peligrar la vida de los personajes mediante la descripción de varios asesinatos (con todo lujo de detalles gore) y del estado mental de pavor, indefensión e incluso locura que domina las mentes de los protagonistas. Sin embargo, a pesar de mis gustos personales, este segmento no me pareció el mejor del volumen por dos razones. En primer lugar, se produce un cambio de género en el relato, pasamos de la ciencia ficción, con abundancia de conceptos físicos, explicaciones racionales y resultados sorprendentes, al terror, con un componente mucho más emocional y cierto gusto en la mayoría de personajes por ver lo que les ocurre desde un prisma sobrenatural, teísta, para ser exacto. En segundo lugar, la amenaza utilizada por Somoza bebe directamente de los manantiales creados por Lovecraft, en el sentido de que hay un monstruo indescriptible con emociones situadas más allá de cualquier comprensión cuyo círculo de influencia resulta terriblemente materialista. Y este tipo de terror nunca ha sido santo de mi devoción.

Afortunadamente, este segundo flashback no dura demasiado. En apenas sesenta páginas, la novela retoma el pulso que nunca debió perder. Y las cien últimas hojas pasan en un suspiro, con una explicación brillante acerca de lo que está sucediendo y un desenlace de lo más sorprendente e ingenioso cuyo único pero (como sucede en tantos y tantos thrillers) es la utilización de una afortunada casualidad para rematar el relato tal como quería el autor.

Temáticamente, Zig Zag explora tres vertientes. Por un lado, hallamos una nueva exposición del mito de Víctor Frankenstein: científicos con una enorme curiosidad y no menos ambición comienzan a trastear con unas leyes de la naturaleza que no comprenden del todo y (en este caso, accidentalmente) crean un monstruo que escapa a su control. Sin embargo, dicha exposición resulta original puesto que se hace menos hincapié en la ambición científica que en el panorama que rodea al nacimiento de la bestia.
El magno proyecto de David Blanes, el genial físico teórico, se encuentra financiado por una corporación privada con un fuerte brazo militar, en lugar de por el dinero público de un gobierno genuinamente interesado en un progreso y conocimiento científico constructivo. Y ya sabemos cómo acaban funcionando las cosas cuando se privatizan. La prioridad es obtener resultados prácticos y, a ser posible, aplicables al campo de negocio más rentable del momento: la guerra. Un magnífico toque de atención para todos, ¿no creéis?
Por otro lado, Somoza reflexiona acerca del punto de vista militar a la hora de afrontar los problemas. Quizá se trate de un tópico, pero siempre se ha dicho que la clase militar tiene una solución infalible ante cualquier evento inesperado: rociar con napalm toda la zona y apostar a unos cuantos hombres con rifles en las inmediaciones por si acaso algunas partes del problema persisten. Los personajes de Harrison y Carter encarnan este modo de pensar a la perfección.
Lo trágico es que, a raíz de los actos terroristas acaecidos el 11 de septiembre de 2001 y el 11 de marzo de 2004, tal modo de actuar no sólo ha tendido a percibirse con normalidad por parte de enormes sectores de la ciudadanía sino también como lo que debe hacerse en aras de la seguridad, olvidando que esos bellos conceptos como seguridad, libertad o justicia han sido, en demasiadas ocasiones, una burda excusa.
En este sentido, el hecho de que la novela comience un 11 de marzo y el trato vejatorio que el brazo militar de la corporación dispensa a varios personajes no me parece, desde luego, algo casual.
Pero, por encima de todo, Zig Zag es un libro que habla sobre el pasado. A menudo tenemos la errónea impresión de que el pasado es algo que ha quedado atrás, sin pararnos a pensar que los sucesos pasados determinan el presente. De hecho, esta artificial distinción entre pasado y presente no se da en absoluto en nuestra psique.
Aquí más que en ningún otro lugar (si es que la palabra lugar tiene algún significado en este contexto) pasado y presente se confunden. Tal como dice uno de los personajes de la novela: “el pasado nos acompaña siempre, como un fantasma. Y decide nuestra vida, y quizá nuestra muerte”. Cuando una persona percibe ese fantasma como un ente demasiado corpóreo se dice que está traumatizada, pero, al fin y al cabo, todos convivimos con pequeños traumas, partes de nuestro pasado que nos reconcomen, a las que damos vueltas y más vueltas, que reexperimentamos y constituyen una porción muy importante de nuestra vida presente.
Y haríamos bien en intentar solucionar este tipo de cuestiones pues, como decía Freud, si encerramos bajo llave determinados sucesos traumáticos con la esperanza de que se desvanezcan no estaremos haciendo otra cosa que conferir poder a dichos sucesos. Un poder capaz de destruirnos pues, ¿quién sabe qué monstruos sería capaz de engendrar?

En conclusión, Zig Zag es una novela de ciencia ficción y terror a la que quizá le sobre énfasis en la parte terrorífica y cuyos personajes resultan, en general, algo simples e indiferenciados. Sin embargo, se lee a buen ritmo gracias a su vertiginoso comienzo, interesante desarrollo y magnífico final. Además, las carencias que acabo de mencionar aparecen ampliamente compensadas por su original planteamiento y la profundidad de los temas que toca, virtudes que convierten al producto en un libro excelente.
Fecha:14:27:44 24/10/10
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Categorías:Ocio y cultura